Un par de proyectos artísticos dejan al descubierto el lado
oscuro de Barbie: asesinatos seriales, infidelidad y alcoholismo, son
algunos de los elementos que envuelven en sombras a la muñeca más
popular de las últimas décadas.

Corría el año de 1959. Miles Davis grababa su mítico álbum
Kind of Blue,
Fidel Castro tomaba las riendas de Cuba, el Dalai Lama inauguraba su
largo exilio de tierras tibetanas, Hawai se convertía en la entidad 50
de Estados Unidos y salía al mercado la primera Barbie. Diseñada por
Ruth Handler para la marca Mattel, la muñeca recibió su nombre en honor a
Barbara, la hija de su creadora. Y a pesar de que los ejecutivos de la
línea infantil de juguetes se mostraron un tanto escépticos ante la idea
de lanzar al mercado una muñeca con cuerpo adulto, y que tras su
lanzamiento escandalizó a las madres de muchas niñas, la Barbie,
cobijada por una de las primeras estrategias de marketing que se
aplicaron a un juguete, no tardaría en popularizarse entre cientos de
miles de niñas alrededor de Estados Unidos y eventualmente en decenas de
países.
Con el paso de los años Barbie —además
de ser, tal vez, el juguete más popular del planeta— se consagraría como
un ícono de la cultura infantil de Occidente, un símbolo en el cual
convergen la inocencia, la frivolidad y la aspiración. El esbelto
cuerpo, los pechos siempre firmes, la ausencia de genitales y su cabello
predominantemente lacio y rubio encarnarían el sueño de millones de
niñas que, cuando creciesen, deseaban tener un cuerpo así, “como el de
la Barbie” —esto a pesar de que se ha comprobado que las proporciones de
la muñeca serían algo grotesco si se llevasen a una persona real.

Posteriormente, con la consagración del
consumismo como religión y del marketing como una especie de escritura
sagrada que decodifica la voz de la divinidad, así como de nuevas modas
en torno al cuerpo humano, especialmente el femenino, la Barbie
encontraría tierras fértiles para sembrar su reinado dentro de la
cultura pop infantil: bonita, cuerpo “perfecto”, rodeada de amigas y
accesorios —incluidos vistosos coches deportivos o mansiones.
Obviamente, para complementar su mundo rosa, no podía faltar Ken, su
contraparte masculina, un novio caucásico, casualmente fornido, siempre
sonriente, con dentadura blanca y peinado eterno. Incluso terminaría
representando el lado artificialmente sexy del sueño americano. Y si
tomamos en cuenta que el tan coqueto cuanto inaccesible estilo de vida
de Barbie se convertiría en una guía de existencia para sus
propietarias, aquellas niñas que estaban en proceso de formar una
identidad y que estaban ávidas de incluir en su vida referencias para
orientar sus sueños, entonces podemos fácilmente imaginar los efectos
poco deseables que Barbie ha aportado a la infancia de varias
generaciones.
Así que a continuación, y a manera de un antídoto ontológico-cultural para contrarrestar los efectos de la Barbiesación
de nuestros niños, recorreremos un par de estas iniciativas, las cuales
quizá sería pertinente mostrárselas a nuestras hijas, hermanas
pequeñas, sobrinas, etc., con el fin de realizar un experimento
didáctico, aunque cabe aclarar que mi condición es muy lejana a la
pedagogía y probablemente la sugerencia anterior deba asumirse solo como
una broma, no lo sé.

Probablemente por lo anterior, tanto por
la eufórica popularidad que ha generado esta muñeca como por los
cuestionables efectos de su existencia, es que la Barbie ha sido objeto
de múltiples proyectos artísticos, particularmente fotográficos, en los
que se le utiliza como protagonista de entornos opuestos a la rosada
irrealidad que propone el
marketing que promueve este producto.
Mariel Clayton

Esta fotógrafa autodidacta tuvo una
especie de epifanía al entrar a una tienda de muñecas en Tokio. A partir
de entonces se ha dedicado a retratar muñecas, principalmente Barbies,
en contextos digamos “inesperados”. Sobre este ícono infantil Clayton
nos dice: “La Barbie fue diseñada como la mujer que toda niña desea ser y
con la que todo hombre desea fornicar”. Y al preguntarle sobre qué le
inspira este tratamiento que da a las muñecas, su respuesta es
contundente:

No puedes llegar a
ser una Barbie sin utilizar un océano de peróxido, 27 cirugías plásticas
y una completa falta de inteligencia. Me irrita enormemente que este
sea el juguete que muchas madres dan a sus hijas para emular. Detrás de
la perpetua sonrisa repleta de lipstick florece el corazón oscuro de una
verdadera sociópata, tal como sucede en la vida real.
Sarah Haney

A diferencia de Clayton, quien tiene
como objetivo hacer una explícita crítica a la Barbie como modelo a
seguir, en el caso de Haney todo comenzó como un “chiste visual”,
inspirándose en la posibilidad de que la muñeca “mantuviera su radiante
sonrisa ante los contextos menos apropiados”. Ya con el tiempo, y a
pesar de que su secuencia fotográfica es mucho más sutil que la de su
colega, Haney comenzó a percibir las contradicciones implícitas en la
figura de esta muñeca y a definir sus fotografías como una más de las
múltiples críticas que ha inspirado Barbie:
Fui capaz de
llevarlo mucho más allá que la broma inicial, en buena medida debido a
que la propia muñeca encarna gran contradicción. Se comercializa como
esta especie de Madonna estadounidense frente a las niñas pequeñas, pero
si la analizas como un adulto, particularmente su cuerpo y su
vestimenta, entonces parece ser la fiel representación de una ramera.


Y tras repasar brevemente el trabajo de
estas dos fotógrafas, curiosamente mujeres las dos y quienes seguramente
en algún momento de sus vidas soñaron con transmutar en una Barbie, no
queda más que enfatizar en dos recursos conceptuales que utilizan ambos
proyectos y los cuales resultan bastante efectivos para generar un
cierto impacto o incluso una catarsis al menos momentánea en el público.
Por un lado está el empleo del oximoron, algo que ya hemos descrito en
otras notas y que se refiere a la asociación de dos elementos que no
suelen compartir contexto. Esto es, según nos dice Douglas Rushkoff en
su libro
Media Virus, un recurso notablemente efectivo al
momento de comunicar algo. El segundo de estos recursos es el
aprovechamiento de íconos pop, para amplificar el impacto, ya que estos
hacen accesible un sentimiento masivo de identificación entre el público
y el mensaje. Ambas herramientas habían sido analizadas en el artículo
dedicado al proyecto
From Enchantment to Down, ”una
provocativa serie fotográfica de Thomas Czarnecki que retrata el
fatídico destino que sufrieron la Bella Durmiente, Blanca Nieves,
Cenicienta y otras tiernas heroínas de Disney”.