La compartimentalización del cuerpo no solamente promueve visiones
limitadas de las mujeres sobre sí mismas, sino que muestra cómo el
mercado cambia para promover algo que simplemente la gente no tiene
(volviéndolo, por lo tanto, deseable)
Cuando Jennifer Lopez aseguró su trasero por un millón de dólares (aunque otras leyendas dicen que por 300 millones), el mundo comprendió que el derrière femenino
alcanzaba un nuevo status aspiracional dictado por el mercado. Y es que
es el mercado (y no las implicaciones evolutivas/antropológicas
asociadas al cuerpo) es el que ha compartimentalizado el cuerpo femenino
y lo ha transformado, parte por parte, en producto.
Las mujeres no son dueñas de su cuerpo:
el cuerpo es únicamente un sucedáneo en desarrollo, un punto de partida.
La cultura del fitness, los gimnasios, las dietas y la aceptación
expresada en likes a través de redes sociales son los verdaderos dueños del cuerpo.
Durante los 90, los senos eran mucho más
prominentes gracias a la exposición de figuras como Pamela Anderson o
Carmen Electra, aunque canciones como “Baby Got Back” o “I Like Big
Butts” de Sir Mix-A-Lot atizaban una reconsideración del trasero como
fuente de deseo y atracción sexual.
Para la doctora Myra Mendible de
la Universidad de Florida, los traseros grandes han sido connotados
como la imposibilidad de las mujeres para controlarse a sí mismas, y por
ende, sus poseedoras han sido asociadas a un carácter moral inferior.
Esto tenía implicaciones también en el orden social: “Las mujeres de
‘clase alta’ no cargaban equipaje excesivo en la cajuela”; el cambio
vino cuando el mercado dictó que los traseros grandes eran “signo de
autenticidad”, y reafirmó esto a través de muchos productos culturales.
Los traseros grandes son signos de un
empoderamiento idealizado: piénsese en Beyonce y las narrativas de
independencia de canciones como “All The Single Ladies”, o de una vuelta
a las raíces originarias como “Anaconda” de Nicki Minaj. “Shake It Off”
de Taylor Swift admite también una lectura similar: una mujer blanca
que admira el ritmo y la “autenticidad” de las mujeres negras a través
de sus cuerpos (transparentando además una suerte de culpa racial
histórica).
Después de que JLo, Kim Kardashian,
Sofía Vergara y la fugazmente célebre Vida Guerra extrapolaron la imagen
de la “latina caliente” y la volvieron otro nicho de mercado a través
de la celebración del trasero, Rihanna, Serena Williams y Pippa
Middleton, además de las celebridades antes mencionadas y el fenómeno
del twerking, han “inflado” la idea del trasero grande como una
fuente de reconocimiento, empoderamiento y libertad individual… dando
lugar a una larga línea de productos y procedimientos cosméticos para
quienes no lo poseen naturalmente.

Twerking (descripción gráfica)
Shirley Madhère es una cirujana plástica
del SoHo. Ella afirma que “sin importar el grupo etario o la etnicidad,
se trata de esa forma de reloj de arena…”. Esto se consigue a través de
implantes o liposucciones en las zonas aledañas al trasero.
Anna Kaiser, entrenadora del gimnasio
AKT in Motion de Nueva York, ofrece rutinas de ejercicios para quienes
“lo quieren como cuando tenían 16”. Erika Nicole Kendall, otra
entrenadora personal, enfatiza la narrativa de superación a través del
fitness: “Les digo: ‘Te tomará literalmente entre 8 y 24 meses, ¿estás
lista?’. Cuando les pregunto qué tipo de idea tienen en mente, es
usualmente el de alguien con un gran trasero y piernas cortas”.
El problema, naturalmente, son las
expectativas exageradas con respecto a la propia anatomía. Al igual que
la pornografía promueve expectativas irreales en los hombres respecto de
la forma o funcionalidad del pene, la cultura mainstream promueve a
través del mercado una expectativa irreal respecto del cuerpo: no se
trata de acceder a la felicidad a través de la salud, ni siquiera de la
realización a través de la estética, sino de la aceptación social del
cuerpo mientras más parecido sea este a los estereotipos promovidos por
el mercado.
¿Cómo combatir esto? Probablemente
enfatizando la propia relación con el cuerpo: ¿queremos un cuerpo cada
vez más homogéneo y parecido entre unos y otros (“sin importar el grupo
etario o la etnicidad”) o un cuerpo sano en una mente sana?