
Shunga, arte erótico que nos encamina a la utopía sexual
Entre el idealismo erotizado y la
'pornotopía', el shunga arte erótico japonés abre el portal a un paraíso
paralelo donde la libertad sexual florece.

El erotismo en oriente, y
particularmente en Japón, se vive en sintonía con los extremos. En uno
de ellos tenemos dulce cópulas cobijadas por pétalos de angelicales
cerezos o encuentros sexuales de corte casi marcial y solemne pulcritud.
Mientras que en el otro encontramos exuberantes dinámicas que
involucran a sofisticadas prostitutas robóticas o sesiones de sexo con
disfraces y escenarios
hiperkinky. El punto es que difícilmente encontraremos tintes medios en la cultura sexual nipona.

En lo personal creo que una de las manifestaciones más espectaculares de la sexualidad en Japón es el
shunga,
término que literalmente significa ‘primavera’ y que se utiliza para
agrupar las obras que forman parte de una viva tradición de arte
erótico. Las piezas incluidas en este espectro generalmente corresponden
a grabados impresos mediante placas de madera. Sin embargo, existen
otras técnicas cuyos resultados también se incluyen dentro de esta
vertiente.

Hospedados en entornos de cotidiana
estética, acondicionados de acuerdo con la época y el lugar al que
corresponden, florecen escenas envueltas en sexual surrealismo que, ya
sea a través de estrambóticas posturas o de la activa presencia de
elementos descontextualizados, generan un oasis donde confluyen el deseo
carnal y la permisión fantástica.
Llama la atención que a pesar de que cada shunga
representa una especie de pasaporte venéreo, existe siempre un dejo de
solemnidad (casi melancolía otoñal) en sus tonos y sus trazos –tal vez
se trata de algo similar al código de conducta que se espera de los
participantes de una orgía (¿el orden del caos?).

La estridente pero siempre refinada
gráfica de las piezas termina por dar vida a una especie de
ero-idealismo radical. Incluso se ha hecho referencia a lo anterior
empleando el término “pornotopía”, en referencia a un universo paralelo a
la cotidianidad urbana, que raya en la perfección del placer erótico
(al menos en proporción a las prohibiciones de la época). De algún modo
cada
shunga era en sí una vitrina para trasladarse a paradisíacos rincones donde se podía dar rienda suelta al llamado de la carne.

Este hedónico edén se desdobla en
escenarios diseñados explícitamente para consumar un acto sexual:
posturas acrobáticas que eluden las leyes de la física, genitales
desproporcionadamente grandes que se rebelan ante los ritmos comunes de
la fisiología humana, doncellas fornicando con animales marinos, y un
desfile de discretos pero envidiables gestos orgásmicos, son algunos de
los elementos característicos en estas escenas.
Tradicionalmente a las obras propias del shunga
se les atribuía una cierta virtud “talismánica”. La vida del samurai
que cargaba con una de estas piezas gozaba de protección durante los
combates, mientras que en los hogares y negocios se utilizaba para
ahuyentar la posibilidad de un incendio.

Pero quizá está virtud metafísica que se
les atribuía era en realidad una forma de justificar su presencia, ya
que existe un aspecto práctico de esta misma tradición: los
shunga eran
también un preciado ingrediente en el acto de la masturbación –
recordemos que en diversos contextos sociales, ya fuese por disciplina
guerrera o por moralismo social, los encuentros sexuales fluían en mucho
menor medida que la deseada.
Como suele suceder dentro de
innumerables culturas, la sociedad genera herramientas para canalizar un
deseo sexual que no logra satisfacerse al encontrar obstáculos morales
en su camino –y en este sentido que mejor aliado que el arte y la
fantasía, como en el caso del shunga, para legitimar un canal de ‘desagüe’ .

Algo que me resulta apasionante de este
fenómeno artístico es que si bien muchas de sus obras son ‘más sexuales
que el sexo’, lo mismo que ocurre con la pornografía contemporánea, lo
cierto es que en esta escuela, a diferencia de lo que sucede con el
porno, la hipersexualidad es canalizada a través de la estética y la
exploración imaginaria, de reinos fantásticos que alojan rituales
improbables, y no del deseo y la ansiedad de consumir un cuerpo –la
actual pornografía encarna la eufórica ‘obligación’ de consumir y
desechar en la que nuestra sociedad se encuentra sumida.
En este sentido el shunga aparece
como una especie de catalizador psicosocial que no solo permitía la
creación de un cause para canalizar el ímpetu sexual, sino que proponía
como válvula una exquisita manifestación de técnica y estética –y para
comprobarlo basta con observar algunas de las obras eróticas del gran
maestro del grabado, Hokusai. De hecho, este fenómeno artístico es un
excelente ejemplo de que el erotismo puede actuar como un enlazador de
mundos, un puente interdimensional.

¿Pero si en lugar de emplear parte de
nuestra energía sexual en configurarle válvulas de escape, en respuesta a
la censura que busca contenerle, generáramos un entorno social que
favoreciera su flujo armónico? No puedo evitar pensar en qué habría
sucedido si la lúcida energía impresa en el arte erótico japonés (y su
equivalente en otras culturas) se aprovechara no como una alternativa de
evasión fantástica sino como un mapa de realidad compartida, una
sincrónica cartografía de fluidos energéticos –y no me refiero a una
orgía desbordada sino a un intercambio libre de información y energía.
En fin, más allá de especulaciones sociohistóricas lo cierto es que a
nivel neuronal, y metafísico, el simple hecho de que existan estas
ventanas al paraíso prohibido, como vórtices que nos transportan de la
censura cultural hacia el placer de la conciencia orgánica, de algún
modo les convierte en realidades potenciales que, de quererlo, tú o yo
podríamos estar degustando en este instante.
Twitter del autor: @paradoxeparadis / Lucio Montlune